Llegamos a los trastornos alimentarios, sufridos especialmente por chicas adolescentes.

De entrada, estamos en una sociedad que desprecia “lo femenino” en toda su dimensión. Para alcanzar la igualdad social se ha sacrificado gran parte de la esencia femenina, y se ha vapuleado sin piedad todo aquello que representaba la condición intrínseca de la mujer.

La justa igualdad, tan necesaria, y la superación de la discriminación histórica, nunca debería haberse hecho a costa de determinados aspectos.

Una moda frívola, el desprecio de determinados valores tradicionales y la imagen proyectada por las “stars systems” entre otros motivos, mucho más biológicos, han producido esta rebelión contra el cuerpo, esa inseguridad y auto rechazo que lleva cada año a miles de adolescentes a situaciones de gravedad.

La anorexia y la bulimia son productos de una sociedad enferma que fuerza la perfección en la imagen, produciendo en edades de cambio hormonal, situaciones de conflicto personal innecesario.

También es cierto que, y por tanto otra causa diferente, desde nuestro cerebro mamífero, existe una tendencia, en el caso de la anorexia, como ocurre en algunas especies animales, a dejar de alimentarse como medida de protesta, como rebelión inconsciente o como forma de abandono, por no ser querido o no ser aceptado por el grupo, la familia de pertenencia, o por algún miembro importante del entorno. El cuerpo se inflinge un castigo como ejemplo visible de su incomodidad en el entorno.

Entonces hay que tratar de recuperar al individuo marginado o automarginado, muchos motivos inconscientes aparecen latentes en las relaciones familiares, y encontrar el porqué de esa situación.
La bulimia está más vinculada con la angustia o la ansiedad excesiva.

En ambos casos el terapeuta debe estar libre de prejuicios al valorar al paciente, no se puede trabajar con criterios a priori, puesto que detrás de una determinada apariencia pueden descubrirse componentes mucho más viscerales que han llevado a la persona a esta situación.

Damian Ruiz