En la década de los 80, en mi juventud, las películas del aristocrático, recatado y casi siempre cursi James Ivory empezaron a ser foco de interés para todo joven con sensibilidad estética y aspiración cultural. Su irregular cinematografía invariablemente guardaba un momento de exquisitez, -a igual que Almodóvar casi siempre nos muestra diez minutos magistrales en todas sus películas-, un momento en el que podías entrever la fuerza de su pasión contenida, quizás por una dignidad egotista que le impedía dar el salto y atreverse a vivirla.

Ivory despertó el interés del público europeo con “Una habitación con vistas” y posteriormente “Maurice”, después seguiría con “Regreso a Howards End” y “Lo que queda del día”, quizás su mejor film, todas basadas en las novelas de E.M.Forster, más tarde llegaron títulos menores.

Ahora con casi 90 años acaba de ganar el Óscar al mejor guión adaptado por “Call me by your name”, de la novela homónima de André Aciman.

Y no hay nada que me produzca mayor melancolía que lo no vivido, aquello que uno solo puede experimentar en determinadas épocas de su vida, en la juventud. El gran drama romántico, al que siempre, por carácter, he sido ajeno, se me hace barroco por no decir plomizo, a no ser que esté envuelto de una atmósfera hollywoodiense como solo alcanzan las grandes películas, léase “Casablanca” (Michael Curtiz, 1942) o “Escrito en el viento” (Douglas Sirk, 1956), pero en general lo que más me agita, incluso me conmueve son las pequeñas grandes historias de amor: “À bout de souffle” (Godard, 1960), Antes del amanecer (Richard Linklater, 1995 ) o los frescos de Éric Rohmer, donde apenas sucede nada y la vida está presente en cada uno de los instantes, de los gestos de sus livianos protagonistas, todas ellas historias de hombre y mujer, de chica y chico, pero comunes, sin grandes actos, pues es en lo diario donde pasa todo, o dónde deberíamos hacer que ocurriera.

Y llega Ivory, con dirección de Luca Guadagnino, y nos presenta, casi nonagenario, un fresco radiante del primer amor, del amor de verano, de un amor homosexual entre el joven Oliver (Amis Hammer) y el adolescente Elio (Timothée Chalamet), cuya interpretación, quizás, y esperemos que no, de tan brillante pueda ser icónica.

La estaba viendo en los cines Verdi de Barcelona, VOS, y sentía una especie de bruma acuosa que invadía mi pecho, la tristeza envuelta de alegría, de los años que no volverán, de la espontaneidad de una época, la primera juventud, donde se te absuelve de todos los errores y pecados, y el mundo está infinitamente abierto a tantas posibilidades…Luego llegan las obligaciones y la responsabilidad, y uno ya, convertido en máquina eficiente, apenas tiene ya el rostro liberado de la tensión y casi todo le aburre, excepto aquello que, profesionalmente, le permite avanzar y seguir explorando.

Elio somos, fuimos todos, hombres y mujeres, heterosexuales y homosexuales, fuimos o hubiéramos querido ser, y sobre todo tener un padre como el suyo…– Maravillosa disertación final la del progenitor en la que, a igual que la escritora Soledad Puértolas en uno de sus artículos, habla de la invisibilidad que uno adquiere, en ese oficio de la seducción, cuando se cumple cierta edad -.

La libertad del “dolce far niente” en una villa italiana, de una sensualidad desbordante que impregna todos los sentidos y que a través de las aguas, de la alberca o del río, de los paseos en bicicleta, de los silencios, las miradas, las metáforas y los alejamientos que constatan cada vez una mayor proximidad, se presiente lo efímero, el dolor condensado y furtivo que no será más que un recuerdo en la condena a la normalidad por la que transcurren la gran mayoría de las vidas.

Ese lento devenir de paisajes tan serenos que apenas son interrumpidos en el horizonte oculta el amor, tejido de forma sinuosa, y que, por fortuna, no puede ser elegido, ni abandonado, ni reprimido, sólo puede conducirse lento para que no se precipite y acabe con aquello que está destinado a ser, el cont

enido de una pieza de Ravel, ejecutada al piano, la música que acompaña a los requerimientos del momento.

Jean Seberg aparecía en los Campos Elíseos de París, tras el ascenso de la cámara por una escalera mecánica del metro, y su presencia ya nos contaba una historia, vendía el “Herald Tribune” y Godard, en “Al final de la escapada”,  la hacía musa de un golfo callejero (Belmondo), y también nos la hacía nuestra, deseable y cercana, su actitud narraba otro tipo de historia romántica, la que, por cotidiana, cualquier de nosotros tenía derecho a vivir.

El final del relato…

Uno sale del cine y se encuentra con la calle, una vida instalada y las inercias, los vacíos y la edad que continúa avanzando y que te obliga a la necesidad de la personalidad que es ya lo único que puede significarse en un mundo donde el eros es promiscuidad y donde determinadas almas se consuelan contemplando lo que pudo ser.

A modo de Ivory se escribe para recordar el tiempo finito y la dura certeza de que los Elios, en cualquiera de sus versiones, aún viven en muchos de nosotros, aunque el tiempo se encargue, cruel, de cubrirlos con cuerpos que ya no le corresponden.

Damián Ruiz

Mayo, 2018