No sé, lector o lectora, cuál es tu edad y cuál será tu estado de ánimo cuando estés leyendo este artículo, quizás estás bien, quizás aburrido o quizás desesperado, o muy contento porque tienes por delante unos días interesantes. La cuestión es que probablemente y de vez en cuando, si vives en uno de esos países occidentales u occidentalizados como es España, sentirás un profundo sentimiento de desarraigo, de abandono o de soledad. Y no podrás evitarlo, y lo único que te puede consolar es saber que no es algo particular sino, como podríamos decir, un mal de todos.

Y es que resulta que todo aquello que te divierte, te distrae o te entretiene, fácilmente y por momentos, es justamente lo que te lleva a un estado de abatimiento cuando dejas de estar atento a ello.

La cuestión es que lo trivial, lo efímero, lo cínico, lo sarcástico y lo irreverente se ha impuesto como estilo de comunicación, todo ello añadido a la forma, la forma estética que no proviene de una evolución natural (mezcla de equilibrio personal y deporte), sino de gimnasios y dietas. Por tanto nos encontramos ante el predominio de la nada envuelta bajo magníficas apariencias. De eso vives, vivimos, de consumir “la nada” bonita.

Por eso estamos destrozando todas las verdades esenciales que acompañan al ser humano desde el origen de los tiempos, por ello estamos acabando con todo sentimiento de identidad, de pertenencia, de comunidad, de familia, por eso admitimos como válidas todos las transgresiones que se están produciendo, bien articuladas y planificadas, por parte de la ingeniería social, con el fin de llevar a la humanidad a convertirse en átomos únicamente identificados con un Yo tan inflacionado como débil, un mísero Yo atrapado en la forma y bamboleante ante las circunstancias de la vida. Un Yo que acabará solo, desprendido de otros Yo tan ensimismados y flojos como el propio.

Nos están queriendo imponer ideas que, bajo la pátina de progresismo, tolerancia y solidaridad, no son más que aberraciones en el proceso evolutivo de la humanidad. Y es muy probable que tengamos que aparentar aceptarlas porque la dictadura instaurada es terrible y ocupa todos los estratos sociales, cualquier disidencia supone apartarse del camino trazado por élites económicas y sociales que pretenden, mezclando libertarismo individual y ultraliberalismo económico, convertir a los seres humanos en meros consumidores reactivos, ansiosos y tan pagados de sí mismos que no les quede más remedio que la soledad.

¿Acaso no son diferentes hombres y mujeres independientemente de que deban tener igualdad de derechos y oportunidades? ¿Debemos concebir el aborto como método anticonceptivo? ¿Qué ocurrirá con esos niños nacidos de vientres de alquiler? ¿Por qué ese interés en atacar y destruir todo sistema religioso? ¿Es la ideología de género una forma de impedir la normal y sana identificación de los jóvenes con un sexo y género similares, más allá de la respetable orientación sexual de cada cual? ¿Son las residencias geriátricas el lugar necesario en el que deben acabar los ancianos? ¿Debemos aceptar que nuestras culturas sean diluidas hasta desaparecer en pos de una cultura de masas insustancial e hiper tecnológica? ¿Por qué convertir las identidades de cada civilización en mercadillos de exhibición? ¿Tenemos que destruir a todos los varones con instinto de poder? ¿Hay que convertir las familias en grupos de adolescentes emocionales con nula tolerancia a la frustración? ¿Debemos eliminar todo espíritu competitivo o de ambición que surja en las nuevas generaciones? ¿Hay que acabar con las jerarquías? ¿Con las instituciones? ¿Todo debe ser sacrificado en pos de la ciencia? ¿Acaso en el esfuerzo de cada individuo y en comparación con su punto de partida no podemos percibir distintos niveles de “alma”? Entonces ¿por qué ese feroz igualitarismo que se nos quiere imponer? ¿Hay que acabar con la fe, la intuición, la espiritualidad o la creatividad no científica? ¿Tenemos que ser necesariamente blandos, ñoños, comprensivos, cambiantes, adaptables y efímeros? ¿Está prohibida la permanencia en una identidad individual y colectiva? ¿Debemos obligatoriamente avergonzarnos de nuestra propia historia como civilización? ¿Debe poder romperse una familia, con hijos menores, con la misma ligereza con la que se hace hoy en día?

Hoy hay un uso perverso de la sociedad y ese uso, al que nos entregamos con tanta pasividad y abnegación cerril está destruyendo los aspectos más sagrados del ser humano: su dimensión espiritual y el uso de “las inteligencias” para poder trascender, en casos que así lo requieran, el más que sobrevalorado, aunque muy necesario, pensamiento científico.

La trivialidad, como decía el psicoanalista Paul Diel, es el gran mal de nuestros tiempos, pero podemos combatirla, debemos hacerlo, y desenmascarar la insustancialidad que cubre las formas que predominan en nuestra época. ¿Cómo? Volviendo a las raíces, porque las raíces, como se dice en la película La gran belleza (2013) de Paolo Sorrentino, son importantes.

Podemos recuperar el sentido de la vida dándole una nueva dimensión y rebelándonos contra tanta debilidad que nos quieren imponer como premisa.

Volver a ser fuertes para volver a vivir de verdad.

Damián Ruiz

Psicólogo (COPC) y Analista junguiano (IAAP)

Barcelona