En pleno confinamiento por la pandemia de coronavirus y en una tarde de domingo en mi despacho desde el que alcanzo a ver el cielo nublado por la ventana de este pequeño espacio, -tiempos atrás debía ser un vestidor-, y que es el lugar en el que escribo, decido expresarme con más libertad y determinación. Algunos ya dirán que es una característica que me acompaña, y quizás es cierto, pero siempre he procurado diferenciar el ámbito del artículo personal o social del psicológico. Ahora creo que no tiene ningún sentido y que debo ser coherente con mi pensamiento y con la idea de que la psicología no es neutral, incluso cuando pretende serlo no deja de tener una posición claramente sesgada.

Otra cosa es que, en lo que a mí respecta, estoy encantado de ayudar y tratar a personas con posiciones vitales o ideológicas completamente opuestas a las mías. Como he dicho en infinidad de ocasiones nunca creo estar en posesión de la verdad y lo que manifiesto es, simplemente, mi opinión.

Tras este prólogo y en estas circunstancias creo que se hace necesario hablar de lo esencial, de lo que para mí lo es o lo será.

Parto de una premisa: hombres y mujeres son diferentes pero deben tener los mismos derechos y oportunidades, las orientaciones sexuales minoritarias son condiciones de la naturaleza humana que requieren ser tratadas con todo respeto y dignidad, y las culturas e identidades de los pueblos deben ser conservadas y fomentadas.

Dicho esto, desde hace ya mucho tiempo considero las manifestaciones masivas de reivindicación que, una y otra vez, asaltan nuestras calles, absolutamente irritantes. Creo que nunca fui a ninguna, o sí, a la de protesta por la muerte de Miguel Ángel Blanco en manos del grupo terrorista ETA. Nada más.

De hecho pienso que solo podría justificar una manifestación de gente que tiene condiciones laborales muy precarias o bien que sus circunstancias socioeconómicas son muy duras, o las que reclaman democracia en regímenes autoritarios. 

Todo lo demás, y hablo de estos momentos de España (ya no digamos de Francia), no de hace un siglo, me parece producto de una histeria pequeño-burguesa que tiene mucho más que ver con las dificultades individuales para construir una vida propia con sentido que con la verdadera necesidad de que te provean de no sé qué desde los poderes públicos. Pero especialmente me parecen aún más peculiar el hecho que se pretenda forzar la máquina de la manipulación de la realidad para cambiar aquello a lo que vengo en llamar el orden natural de las cosas.

Yo que no soy constructivsta (teoría desarrollada entre otros por el psicólogo Jean Piaget, y que postula la idea de que el individuo va construyendo su identidad a través del aprendizaje y la experiencia), ni marxista (teoría del dominio y el conflicto de clases), ni nihilista (teoría sobre el relativismo moral) sino que considero que el individuo “es” desde el momento de su concepción y que el ambiente le ayudará o perjudicará en el desarrollo de ese “ser”. Pienso que por mucho que se empeñen, por mucho esfuerzo, gasto económico y medios de comunicación que pongan al servicio de estas teorías, nunca conseguirán, por ejemplo, que un hombre y una mujer dejen de ser intrínsecamente diferentes, o que determinados roles puedan ser intercambiados sino es a costa del desastre social que eso supone (divorcios masivos, infidelidades continuas, inestabilidad, soledad, niños deambulantes, abuelos en residencias, etc.). Tampoco conseguirán derribar las barreras de la legítima desigualdad entre espíritus evolucionados y otros básicos, por mucho que lo busquen. Y quiero matizar que los primeros, los que parten de una fuerza moral superior, existen en todas las etnias, en todas las naciones, en todas las clases sociales, todos los niveles culturales, y en hombres y mujeres, sin excepción. Una niña pobre de un país del tercer mundo puede llevar en su interior el germen de una gran mujer, de una gran persona, así como también lo puede poseer un hombre rico de Boston, por poner dos ejemplos opuestos.

La naturaleza de cada individuo es diferente, y en la fuerza de su voluntad y sacrificio, muchas veces guiada por la fe en el futuro y la confianza en sí mismo, aún en condiciones adversas, se esconde el germen de lo que uno puede llegar a ser.

En la existencia humana hay grandes travesías del desierto, realizadas por personas con muy pocos medios y un alto nivel espiritual, y al contrario, hay gente dotada de muchos recursos pero incapacitada por un ego que debe ser salvaguardado a toda costa.

Y es cierto que lo colectivo importa pero una vez dadas las condiciones económicas y las libertades adecuadas, el trabajo es de cada cual. ¿Qué más queremos que nos aporte el estado? ¿Nos va a traer la felicidad? ¿Pareja? ¿Calma interior? ¿Amigos?

Los adalides de la tergiversación de la naturaleza humana conspiran una y otra vez para resquebrajar, en aras de unos quiméricos igualitarismos y libertarismos, toda institución que se precie, toda orden ancestral y axiomático. Pero, por suerte, no solo la naturaleza se rebela sino también los arquetipos esenciales, aquellos que permanecen en toda época y cultura, pueden generar profundas crisis de identidad individuales o colectivas. Y nos guste o no siempre habrá mujeres que sean madres y hombres que sean padres, con roles claramente diferenciados, función maternal y paternal respectivamente (ahora casi solo se realiza la primera, la maternal, por parte de ambos progenitores, es decir amor sin límites ni disciplina). 

Tras esta crisis pandémica quizás debamos volver a lo esencial, que en el fondo consiste en que cada uno sea aquello para lo que nació, porque aunque alguien o un colectivo, de modo efímeramente temporal, consiga forzar circunstancias que no le corresponden, el “cielo o la tierra” ya se encargarán de devolverles al lugar que les pertenece.

Estamos destinados a ser nosotros mismos, a ser la mejor expresión de nuestro código genético.

Damián Ruiz

Barcelona, 29 de Marzo, 2020

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