El terreno de la ambigüedad es, para muchos, un lugar del que tratar de huir lo antes posible. 

En cambio es ahí, en ese espacio indefinido donde uno se encuentra consigo mismo, con aspectos desconocidos o irreconocibles, con ese otro “yo” propio que anida en la “sombra” y que emerge circunstancialmente cuando lo que sucede no está en el terreno de lo certero.

Caminar tambaleante, indeciso y atrapado por la duda, no deja de ser un riesgo, a veces incluso implica la posibilidad del ridículo y nos movemos con la extraña sensación que tentamos la suerte de nuestro destino.

-Parémonos y observemos, preguntando qué podría ocurrir si dejáramos el personaje, la máscara previsible que siempre nos acompaña, y entraramos en el juego del “no saber” permitiendo que un sentimiento apenas nunca expresado tome las riendas-.

A una gran mayoría les gusta que todo ocurra como esperamos, ya sea en nuestras propias vidas o en las de otros, y hay mucho miedo a que algo bifurque, no en sentido negativo, sino de manera inesperada. Preferimos la plana seguridad de una monótona existencia al desafío de tener que volver a activar nuestros instintos, nuestras emociones, nuestro intelecto, de tener que preparar y reparar el físico y volver a la vida, aunque sea un corto tiempo, un nuevo instante de esos que quizás no se puedan olvidar nunca más.

El mundo es de los valientes, como se ha dicho tantas veces, de los que aceptan el precio de cierto grado de dolor emocional por explorar y explorarse, de los que dan un paso incluso atravesando la duda, a veces para caer en el error o en el fracaso. Pero eso es la experiencia.

Y pretender evolucionar más allá de estereotipos y patrones comunes supone introducirse en el terreno de la incertidumbre donde los misterios se ocultan tras la ambigüedad que tanto tememos.

Conquistar la propia vida es eso, lo otro es mera mansedumbre.

Damián Ruiz

24 de Septiembre, 2019