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La conexión con los muertos

3 julio, 2017
La conexión con los muertos.

La intención de este artículo no es la de escribir sobre nada relacionado con el espiritismo ni con ningún tipo de esoterismo sino de la conexión del inconsciente con el mundo de los muertos. Es una forma onírica de hablar de figuras que pertenecen a nuestra historia personal o colectiva y que permanecen, activas o inactivas, en las profundidades de nuestro psiquismo.

Los muertos pueden quedar en exceso “activados” en nuestras vidas, ya sea a través de una profunda melancolía, de los sueños o bien en las dificultades para desarrollar la propia autonomía personal y, por tanto, ser dueños de nuestro futuro.

Abducido por las sombras intrapsiquicas
Es evidente que el fallecimiento de un ser querido supone un duelo emocional que debe ser transitado de forma adecuada, tanto en tiempo como en intensidad, pero cuando se cronifica imposibilitando la vida empieza a convertirse en un serio problema.

Pero lo más importante, por “peligroso” desde el punto de vista psíquico, sucede cuando una persona “no se atreve” a vivir y queda atrapada en el miedo. Ahí puede ocurrir que la memoria inconsciente, personal y/o colectiva, en la que residen, como dijo Carl G. Jung, los muertos, pase a tener mayor predominancia en la mente de la persona que la propia existencia real.

Entonces, de alguna manera, el individuo se convierte en receptáculo de la vida de seres ya fallecidos y, de algún modo, en su esclavo, ya que se generan dinámicas basadas en presencias imaginarias (recuerdos, sensaciones, etc.) que acaparan una gran parte de su presente.

En la medida que esto ocurre y la persona no decide implicarse en su propia vida, y entrar en el tablero de juego de la realidad, puede quedar más y más abducida por esas sombras intrapsíquicas que requieren progresivamente de mayor energía psíquica, física finalmente. Tal es así que pueden llevar a una persona a la parálisis vital, incluso a la postración.

El riesgo de convertirse en “un muerto en vida”
El riesgo de no vivir es convertirse en depositario de la vida de otros que, no estando ya configurados materialmente, permanecen en silencio en el inconsciente esperando, de algún modo, renacer en la psique de “un muerto en vida”.

Nada de lo aquí escrito tienen vinculación alguna con espíritus o fantasmas. Estoy hablando de dinámicas intrapsíquicas que influyen más de lo que podemos llegar a imaginar en la estabilidad mental de una persona. La construcción de una estructura psíquica fuerte y la apuesta por el riesgo vital son necesarias para alejarse de la influencia de los “muertos”.

Y solo se debe acudir a ellos en ceremonias o rituales comunitarios en los que, al mismo tiempo que se les apela para que seamos guiados y protegidos, se les libera de nuestro anhelo cotidiano para que descansen en paz, – ya sean sus almas en la dinámica del universo, ya sea su memoria en el reposo de nuestro inconsciente-.

Vivir es un acto obligatorio, a pesar del riesgo que ello supone, lo contrario, el miedo, es una llamada a la progresiva autodestrucción.

“Porque cualquiera que quisiere salvar su vida, la perderá, y cualquiera que perdiere su vida por causa de mí, la hallará.” Mateo 16-25

Damián Ruiz.
Psicólogo (Col.7884)
Analista junguiano (IAAP)
Barcelona.

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