El otro día vi en Filmin un documental sobre Enrique Vila Matas, uno de mis dos escritores contemporáneos de referencia, el otro es Michel Houellebecq.

Si ya me gustan sus novelas el personaje me pareció más que interesante. Su sentido irónico de la existencia, su humor, a veces elegantemente transgresor, y un cosmopolitismo pícaro no dejan de traslucir una buena persona, leal como decía Martínez Pisón, escritor y amigo suyo, y consecuente con sus vínculos y relaciones.

Y no hace tanto fui al cine a ver “McQueen”, excelente documental, últimamente me estoy aficionando a ellos, sobre la vida del famosos diseñador de moda inglés.

Me gusta la gente creativa y con vidas que se salen del común y sobre todo admiro a aquellos que pueden distanciarse de las circunstancias socio-políticas en las que viven, sin perder el sentido de pertenencia a la humanidad ni de la solidaridad, y permanecen ajenos a las mezquindades reivindicativas pequeño-burguesas en las que se mueve un sector importante de la población occidental.

A mí personalmente, que creo en una radical igualdad de oportunidades, -y eso sí que lo defiendo vehementemente, un punto de partida similar para la gran mayoría-, los que más me conmueven son los que se esfuerzan y los que crean. De los conformistas, a no ser que resalten por su bondad, no defiendo más que su derecho a un modo de vida digno.

Y lo que me aburre más son aquellos que quieren llegar a la transformación de sus vidas a través del colectivo porque la cuestión es que sí creo en cierta aristocracia del espíritu, o en una meritocracia no dirigida exclusivamente a la consecución de bienes materiales, por eso defiendo el liberalismo social y económico, -la radical libertad individual-, unido a un cierto conservadurismo institucional que mantenga sólidos y estables el orde

n y las normas de convivencia de un país.

Pero estamos en un momento de exaltación, la frustración personal se traduce en manifestaciones callejeras masivas, ya sean arrebatos rupestres en defensa de la Arcadia perdida o alegatos justicieros en favor de reducir o aumentar condenas según quienes sean los reos, -siempre se podría llegar a una votación popular sobre los años de pena o directamente a una lapidación pública si el reo no es del gusto de la masa o la liberación inmediata si lo es- (irónicamente hablando claro…).

En todo caso trato de permanecer ajeno a tanta demostración colectiva, de la que aunque no lo parezca solo participa una parte de la población, otra importante se dedica a evolucionar, y me centro en aquello que considero que sí genera una auténtica transformación personal que es el desarrollo del libre pensamiento y la vinculación intelectual y emocional con referentes, vivos o no, que han apostado por tal camino en la existencia.

Estamos para avanzar en nuestro proceso de desarrollo personal e individuación y para alcanzar a descubrir quienes somos, cual es el sentido de nuestra vida, cuál es el camino y qué podemos aportar para ayudar a que nuestros congéneres sean más felices.

Se trata de reivindicar el derecho a ser radicalmente libre en lo que uno piensa, siente y actúa, con respeto por las normas de convivencia pero sin miedo a salirse del patrón común, sin miedo a la diferencia.

Reivindico lo individual no como una forma competitiva de relacionarse con los otros sino como una opción de crecimiento en medio de la comunidad a la que uno, libremente, siente que pertenece, más allá de los vínculos familiares con los que debe establecerse una relación libre aunque también de amor y respeto.

La libertad económica en todas sus dimensiones así como la necesaria solidaridad con aquellos que, verdaderamente, la necesitan es una clave fundamental para que los individuos y las sociedades crezcan y se desarrollen. Así como la libertad ética que puede estar alejada en muchos casos de la moralina conservadora y también de la dictadura de lo políticamente correcto que impone la ideología progresista (no sé que es peor si la rigidez del tradicionalismo más rancio o la histérica reivindicación de igualitarismo en todo y para todo).

Es necesario volver a la persona como centro para mejora y desarrollo de la humanidad. Y trazar un pacto personal entre biología y ética desde la libertad de conciencia como la mejor garantía de poder ir hacia donde uno debe ir.

Damián Ruiz

Psicólogo (COPC) y Analista junguiano (IAAP)

Barcelona

Junio, 2018