Fundamentalmente porque les explotamos a cambio de enormes sumas de dinero.

Esa gente a la que admiramos, con la que bailamos, saltamos de alegría, cantamos sus canciones o vibramos con su actuación, están expuestos permanentemente al ojo público.

Nosotros consideramos que esos millones de dólares o euros que ganan ya es suficiente para que estén contentos, pero si pensamos que “el dinero no lo es todo” tampoco lo es para ellos.

Cuando veo a muchos de ellos como marionetas en el escenario dándolo todo ante veinte mil personas, aunque hayan tenido una ruptura sentimental, aunque en su vida personal se sientan tremendamente solos, o estén pasado por una perdida familiar, aunque tengan un problema de salud, no puedo dejar de sentir más que una enorme ternura porque, por encima de cualquier otra consideración, no son más que seres humanos que la sociedad utiliza para entretenerse a cambio, eso sí, de mucho, mucho dinero.

Muchos de ellos son depresivos, otros alcohólicos, bipolares, obsesivos, incluso con rasgos psicóticos o autistas, adictos a las drogas o a los fármacos, padecen dismorfofobia, pánico escénico, trastornos límites… y todo ello combinado con un enorme talento, a veces genialidad, y una vulnerabilidad psicológica producto de su enorme sensibilidad, las misma que les convierte en iconos, en ídolos de masas.

Evidentemente no todos son así, los más conscientes se protegen muchísimo, por ejemplo las estrellas de Hollywood Robert Redford y Paul Newman, este último ya fallecido, a los que siempre les unió una fuerte amistad, eran muy reacios a participar en fiestas y ambos formaron matrimonios y familias estables durante toda su vida.

Un buen producto de consumo

Pero los más incautos e ingenuos se lanzan al mundo sin ningún tipo de protección y el mundo los devora, los usa, los gasta, y cuando ya no quiere saber más de ellos los lanza a la basura. Algunos de los que hoy son grandes nombres de la música o el cine mañana no serán más que patéticos rastros de lo que un día fueron.

Me vienen muchos nombres a la cabeza de los que sé, por mi profesión, que padecen problemas psicológicos o emocionales verdaderamente graves y en cambio están ahí ofreciendo lo mejor de sí mismos a cambio de qué… de dinero… Sí, pero eso nunca es suficiente.

Ellos no son más que un chico o una chica como tú, o un hombre o una mujer, a quien el mercado decidió que serían un buen producto de consumo. De usar y tirar. O de usar, usar, usar hasta que ya no les queda fuerza y su vida se agota en la necesidad de reconocimiento y éxito.

Damián Ruiz
Psicólogo (Col.7884)
Analista junguiano (IAAP)
Barcelona