Ponencia presentada (originalmente en inglés) en el XXI Congreso de la Asociación Internacional de Psicología Analítica celebrado en Agosto de 2019 en Viena (Austria)

Estamos en un momento social a nivel global donde se genera un conflicto entre un modelo de hombre, arraigado a una comunidad, a unas creencias y a una tradición, y un nuevo paradigma de ser humano, el hombre llamado postmoderno que se constituye como individuo único en todas sus dimensiones. Un ser humano que no tiene una identidad fija, estable, sino líquida, que puede adaptarse a nuevas circunstancias mimetizándose con ellas. Un tipo de hombre o mujer que puede decidir prescindir de su tradición cultural, de cualquier tipo de creencia religiosa, de su comunidad de origen y de una identidad sexual, incluso de género, que puede llegar a sentir como cambiante.
Estos dos modelos de ser humano conviven en paralelo en todo el planeta, una gran mayoría de países siguen arraigados al paradigma tradicional mientras otros, especialmente en la Europa Occidental y en ambas costas de Estados Unidos, han iniciado la transición hacia esa nueva forma de ser humano prometeico, un ser humano tecnologizado, absolutamente individualista, atomizado de cualquier espectro consuetudinario. Un ser humano que, aparentemente, tiene la capacidad de definirse a sí mismo, o incluso redefinirse tantas veces como quiera. Un ciudadano del mundo, de aparente visión cosmopolita, multicultural, con posibilidad de transformación étnica a través de las diferentes técnicas médicas, con identidad sexual líquida, género mutable y sin sentido de pertenencia más allá del que considere instrumental en cada momento y circunstancia.
Este es un tipo de hombre que en un pasado reciente se reservaba, en una versión muy inferior a lo que hoy sucede y, casi exclusivamente a las élites culturales y económicas que tenían la capacidad de viajar, conocer, incluso vivir en diferentes países, pero que aún así sabían y sentían de su pertenencia a una identidad cultural. Esa fue, probablemente, la única aproximación a este nuevo modelo de ser humano.

Este hombre que se acerca, peligrosamente, a la próxima generación de robots que, parece ser, en un tiempo no muy lejano estarán presentes en nuestra vida cotidiana, donde los veremos caminando por las calles, o como asistentes sustitutos de personas en muchos lugares de trabajo. Y que tendrán quizás, en un no muy lejano espacio de tiempo, la capacidad a través de sus circuitos de inteligencia, de reestructurarse, buscando cual es el medio más satisfactorio de vincularse con el medio ambiente externo. Con el medio que hasta ese momento habrá creado la humanidad.

Entonces, mi pregunta es: “¿Está una parte de la población del planeta, una parte de la que vive en las zonas geográficas anteriormente citadas acercándose a un modelo de humano robótico, un robot avanzado, capaz de reconfigurarse a sí mismo?”
Mi siguiente pregunta es: “¿Es posible hacerlo sin sufrir, metafóricamente, la ira de los dioses?”.

Prometeo era un titán. Los titanes, vencidos, por los dioses olímpicos fueron encarcelados en el Tártaro, la región más profunda del inframundo. Es decir “lo titánico”, simbólicamente hablando, subsiste en lo más profundo de nuestro psiquismo. Es una alegoría de la ambición desmesurada que, puede llegar a despertarse y que aparece en el momento que nos creemos, individual o colectivamente, con capacidad para desafiar la totalidad de nuestra configuración psíquica, para prescindir de aspectos intrínsecos a nuestra identidad, aspectos del inconsciente colectivo que están integrados en nuestro sí mismo, tales que la identidad cultural, la tradición religiosa, los símbolos de una historia común o a un nivel más cercano, a una familia de pertenencia o a una nación.
Dicho titanismo, de reminiscencias nietzscheanas, traducido en la idea de un nuevo hombre prometeico no es más que un ridículo y adolescente intento de trascender, ignorándolos, los aspectos esenciales y espirituales del ser humano, así como también de una identidad basada en una profunda conexión con los aspectos filogenéticos de nuestro ser.

El prometeismo no desafía la idea de Dios sino que, directamente, considera que este está muerto. Dios no es entendido más que como una invención de la razón, un pensamiento mágico que sirvió al hombre para, a través del miedo y la esperanza en una vida postmortem, desarrollar diferentes códigos de normas y símbolos que les unió en un proceso de civilización colectiva, en los que el cerebro reptiliano fue progresivamente aminorado y relevado por áreas corticales que le dieron el “entendimiento” suficiente, -absurda ilusión- como para considerar que todo era posible a través del uso de la razón lógica.
El logos se desprende del misterio y de todo aquello que usurpe el mecanismo lineal de la razón deductiva. De ahí nace la ciencia. Y de ella una nueva religión: el cientifismo.
Pero el cientificismo, la ciencia, no es más, para el que esto escribe, y como dijo Paul Feyerabend, que “una de las formas de pensamiento creadas por el hombre, aunque no necesariamente la mejor”.
Y el prometeismo es la aplicación titánica del cientifismo, es el uso de la ciencia y de su parte material, la tecnología, para desafiar a la naturaleza esencial y axiomática del ser humano. Es la creación de un engendro artificial que requiere de un perpetuo castigo: no ya el hecho de que cada día un águila, enviada por Zeus, se coma su hígado, aunque este vuelva a regenerarse, sino el hecho de que, ya liberado por Heracles, tenga que llevar un anillo unido a un trozo de la roca a la que ha sido encadenado. Es decir encadenado a la materia.
El prometeísmo lleva implícito la esclavitud de la materia. La imposibilidad de verdadera evolución espiritual del hombre. El castigo de la materia implica el uso de la materia como remedio. El hombre, alejado de la trascendencia, permanece en su estado más bajo, con la creencia de haber llegado a la cumbre de su libertad, la de prescindir de Dios, y de todo aquello que trasciende su deseo individual de ser. Pero en realidad sólo puede llegar a configurarse como una caricatura narcisista y psicopática de su verdadera naturaleza.

Prometeísmo y postmodernidad

La postmodernidad sustituye las ataduras que representan un cierto compromiso con la familia, la comunidad de pertenencia y la nación por ideas quiméricas que pueden ser vivenciadas de forma efímera e insustancial pero que sirven de conciencia ética a la razón. Ideas como la defensa del igualitarismo en todas sus dimensiones, del ecologismo como nueva religión, del multiculturalismo encaminado a diluir las diferentes culturas, del animalismo como sofisma de la equiparación entre hombres y animales, de la ideología de género como proyecto de dilución de los sexos, o del feminismo radical como modo de contención de todo tipo de masculinidad expresada de un modo instintivo, por muy adecuado que este sea . La postmodernidad contemporánea no sólo defiende la igualdad dentro de la diferencia sino que, al entender, que la diferencia podía ser mal interpretada ideológicamente, pasa a defender la igualdad absoluta, es decir niega las diferencias, aún demostradas por el mismo cientifismo del que se sirven, entre hombre y mujer, entre la diversidad sexual, entre etnias, entre culturas o entre, la última novedad, seres humanos y animales. Esas diferencias que, en ningún caso deberían significarse en una escala de superioridad o inferioridad, -pues las diferencias no suponen una gradación de mejor o peor- o quizás sí solamente entre hombre y animal-. Pero deben, para el prometeísmo, ser radicalmente anuladas para que no sirvan de justificación alguna de aquellos que pretenden seguir creyendo en una visión no líquida del mundo, es decir, se impone una visión “collage” donde todo tiene el mismo valor y la existencia es, únicamente, un gran mosaico de colores estimulantes para conocer y vivenciar en sus aspectos más superficiales. -En mi ciudad, Barcelona, por ejemplo, desde el ayuntamiento se promueve, un día al año, una “noche de las religiones” en la que todos los ciudadanos pueden acudir a diferentes lugares de culto: sinagogas, mezquitas, iglesias católicas, ortodoxas, etc. con la única intención de potenciar la tolerancia y el exotismo, evidentemente no el conocimiento más profundo del misterio o de los símbolos pertenecientes a cada tradición religiosa. Eso sería peligroso. Toda tradición religiosa o mística encierra parte de los secretos de la humanidad, y al difuminarlas bajo la pretensión de la tolerancia, en realidad lo que se está haciendo es desproveerlas de su carácter sagrado.
Una vez todo convertido en tabula rasa y, por tanto, susceptible de ser modificado y manipulado por la ingeniería social y los medios de comunicación de masas, se establece en el individuo y en la sociedad un idealismo “soft” que permite vivenciar los grandes valores bajo los que se sustenta el prometeísmo: igualdad, tolerancia y solidaridad, siendo este último el gran ansiolítico quimérico de la egolatría narcisista que impregna a la mayor parte de partícipes de esta nueva sociedad.
La solidaridad, en la comunidad postmoderna, es el gran valor del prometeísmo. Es un valor instrumental efímero, y requiere de una condición: la tiene que ejercer otro y, por tanto, el sujeto objeto de solidaridad debe estar distante de la acción directa de uno. O en todo caso dicha solidaridad puede llegar a ejercerse como “experiencia” puntual que aporte un nivel alto de estimulación sensorial e incluso cierta lucha “adrenalínica” ante la adversidad. Por ejemplo pasar las vacaciones en un país del tercer mundo colaborando en determinadas labores. Podríamos decir que se requiere la necesidad de los otros para calmar una conciencia salvífica acostumbrada a vivir en la egolatría.

El prometeísmo y sus consecuencias psicológicas

La tan deseada “muerte de Dios” en realidad no sería más que el deseo de integrar todas las formas de placer, y por tanto de deseo, en la cotidianeidad, pero de un modo estructural y sin enemigos internos, por ejemplo la conciencia del mal, ni externos, como lo sería, en caso de tenerla en cuenta, la propia parte de naturaleza espiritual o divina del hombre.
Si somos capaces, ilusamente, de suplir todo nuestro aparato psíquico inconsciente, por la razón lógica y por su aliado externo, la tecnología, podemos concebir un individuo hecho a sí mismo sin más referentes que los íconos presentados por los “mass media” como modelos culturales a imitar. Los nuevos “becerros de oro” deben representar, actuar, transmitir, toda esa vida efímera llena de relaciones líquidas, amores líquidos como describe Bauman, y experiencias estimulantes pero lo deben hacer añadiendo ese plus de valores solidarios, tolerantes e igualitaristas.
Es por ello por lo que en las sociedades prometeicas son el cognitivismo y el conductismo en todas sus variables las corrientes psicológicas predominantes porque, en realidad, más allá de la complejidad teórica que sustentan algunos de los autores de estas teorías y praxis terapéuticas, existe una visión del ser humano tan radicalmente igualitaria que se está dispuesto a ignorar todos los constructos a los que el individuo pertenece por razones de sexo, etnia, cultura o nacionalidad. Es decir no hay más pertenencia que el estatus socioeconómico que, pasa a ser, el gran factor condicionante de la realización de un individuo.

¿Qué supone el prometeísmo para el individuo?

La idea de desarraigo del ser humano, elemento necesario para la configuración de una sociedad prometeica, va instaurándose progresivamente en los miembros más psicológicamente vulnerables del colectivo: los jóvenes. Para combatir ese desarraigo, la propia sociedad prometeica además de ofrecerles entretenimiento masivo: cine, música, videojuegos, descargas en la red, plataformas online de televisión, comida barata y variada e interacción permanente a través de las redes sociales, incluido sexo fácil y sin compromiso, les ofrece un discurso de valores suficientemente “neurotizante” como para dejarlos paralizados sin capacidad de reacción. Los ya repetidos “solidaridad, tolerancia e igualdad” como conceptos constantemente sugeridos a través de los mass media producen un bloqueo del proyecto vital derivado del conflicto entre las tendencias instintivas, producto del cerebro reptiliano, y la tiranía de una ética represiva, sustitutiva del anterior condicionamiento moral religioso en su visión más restrictiva.
El prometeísmo, además, requiere del imperio del pensamiento científico y su sello de certificación es cada vez más imprescindible para validar cualquier tipo de idea o pensamiento, independientemente de que dicha validación requiera de estudios que pueden ser fácilmente refutables poco tiempo después.
Cuando hablamos de materia y de construcción de la materia es lógica la constatación técnica, cuando hablamos de psiquismo, el reduccionismo cientifista supone, de facto, la anulación de la complejidad del aparato psíquico, porque los factores medibles que intervienen, en cualquier aspecto de la vida racional, emocional y conductual del ser humano, son ínfimos a todos aquellos que, desde una perspectiva junguiana, subyacen en las profundidades del inconsciente.

Por ello, indefensos como estamos, los terapeutas y analistas junguianos ante un modelo social vacuo que avanza imparable en las zonas citadas del planeta, tenemos que trabajar en la reconstrucción de la identidad herida de muchos de nuestros pacientes.

“El otro” para los prometeicos, “el otro” para los enemigos del prometeismo.

El prometeísmo conlleva necesariamente la decadencia de una sociedad. Los valores sólidos pasan a ser instrumentales, las identidades se diluyen, las familias se rompen, dejan de nacer niños, los ancianos se abandonan a la soledad, los niños son masivamente diagnosticados por trastorno por déficit de atención, la mitad de la población se droga, con drogas legales o ilegales, el cuerpo es objeto de intercambio permanente de placer, el amor debe ser enamoramiento eterno, sino produce frustración, y los niveles de ansiedad y depresión son muy altos.
Y ¿ante todo eso, quién es el otro? ¿A quién perciben los prometeicos como enemigo?
Al orden, a la estructura, a la institución, a la trascendencia, o dicho de otra manera: a lo apolíneo, al Yang, al Cielo, al Espíritu, al Logos conectado con el Espíritu, a la identidad y a la tradición. En definitiva: al ser humano arraigado. Pero también a lo dionisíaco que se escapa del control de una ética para débiles que vigila y controla la sociedad prometeica.
Y los opositores del prometeismo, ¿a quienes perciben como enemigos? Erróneamente a los miembros de otras etnias y culturas que se instalan en terreno prometeico. Es decir también a los seres humanos arraigados en su tradición.

Es decir es el “hombre” vinculado a una cultura y a una tradición, sea autóctono o foráneo, el gran enemigo de las sociedades líquidas.

“El otro” en la Sombra, en el Sí-Mismo

Pero ese “otro”, ese hombre “arraigado” tan denostado, tan combatido, permanece vertebrado en nuestro psiquismo, en algunos tiene elementos latentes y subyace en la Sombra, en otros, quizás los más, subsiste en el Sí-Mismo que vincula con el inconsciente colectivo de la humanidad. Ese hombre filogenéticamente cargado de símbolos, de misterio, de humanidad y de cierta porción, para los creyentes, de divinidad. Ese hombre al que Jung en una de sus últimas entrevistas percibió como atomizado en un futuro próximo, ese ser trascendente pervive en cada uno de nosotros, también en los prometeicos, ya atrapados por la trivialidad, por la tecnificación y el relativismo.
Pero ese “ser” oculto en el inconsciente es mucho más poderoso, incluso terapéuticamente hablando, de lo que lo es la invención de un hombre creado “a la carta” y que solo se sostiene por su presencia masiva de forma altamente valiosa en los mass media.
Ese modelo de ser humano, tal que iconos de barro construidos en el artificio de la supuesta absoluta libertad, la búsqueda reactiva del placer, por el narcisismo y la egolatría, no es más que un “fantasma” que puede llevar a enfermar psicológicamente a la persona.

¿Qué soy? ¿Qué quiero?

Dirijo en Barcelona un Instituto Psicológico especializado en el tratamiento del trastorno obsesivo y la ansiedad. Una parte significativa de nuestros pacientes son personas heterosexuales que han desarrollado una duda obsesiva sobre su orientación sexual, pero otros sectores, menores en cuanto al número de personas que acuden dudan si aman o no a sus parejas, si pueden tener el impulso de hacer daño a alguien o de hacérselo a sí mismos, o viven bajo una sensación permanente de estar contaminados o poder contaminar a otros.
Partiendo de la base de que la orientación homosexual es una condición “normal” en cuanto que forma parte de la naturaleza humana, y que dicha condición la tienen aproximadamente el 10% de la población mundial, que cualquier persona puede tener una crisis en su relación de pareja, que todos, o la gran mayoría, hemos podido sentir puntualmente un impulso agresivo que hemos acabado, afortunadamente, conteniendo o que cada uno de nosotros puede ser más o menos escrupuloso con los gérmenes y las bacterias, la cuestión es que, más allá de las claves por las que se llega a desarrollar un trastorno obsesivo, y entendiendo que no es el tema de esta ponencia, la cuestión estriba en la variable del condicionamiento “prometeico” que estos pacientes sufren. Es decir, están sujetos a una presión ambiental en la que todo parece ser relativo, en la que parece existir la capacidad de cada individuo, como he escrito en párrafos anteriores, de configurarse a sí mismo del modo que más le convenga.
Este “prometeísmo” es cierto que libera a ese sector de la población que se encuentra en un terreno indefinido entre los sexos y los géneros, porque les permite, afortunadamente, poder decidir qué quieren ser, pero en las identidades mayoritarias que claramente están definidas, en una orientación sexual determinada, produce una extrema confusión puesto que el instinto sexual se confunde con la impresión estética, y también con la afectividad entre personas del mismo sexo, generando una situación de incomodidad, de incertidumbre y en los más vulnerables activando ideaciones neuróticas.
Pero ese nuevo paradigma que se está extendiendo en algunas partes del planeta también supone la anulación de la espontaneidad puesto que ese nuevo ser humano artificial que tratan de imponer, desde ciertos poderes políticos y empresariales que manejan la gran mayoría de medios de comunicación con la intención de crear dicha sociedad “prometeica”, y cuyo fin último desconozco, ese nuevo ser humano estará cada vez más obligado a pensar antes de actuar, con lo cual ante el hecho de no poder acudir a sus instintos y emociones más espontáneos, estará obligado a seguir directrices de corrección política siendo no solamente mucho más fácil de someter y controlar sino también de perder cualquier atisbo de trascendencia y de espiritualidad, puesto de lo que se trata, en último término, no es solo de acabar con los elementos esenciales de lo humano: la emoción, la pulsión y el instinto, sino también de someter dimensiones superiores como la fe, la esperanza o el amor, este último en su definición más amplia y universal, y ponerlas al servicio del logos. Un logos tiránico que atomice a cada individuo y le someta a una nueva forma de moral: la moral “prometeica”.

El totalitarismo en la Sombra del “prometeísmo”

Este nuevo paradigma de ser humano que tendrá la potestad, bajo la influencia masiva de los medios de comunicación y de los poderes políticos “prometeicos”, de crearse a sí mismo, siempre y cuando esa configuración sea compatible con las otras configuraciones individuales, alojará en su inconsciente psíquico la historia de una identidad, una historia cultural y simbólica que anidará, junto con los elementos reptilianos de su cerebro, en estado de latencia, en la Sombra, en términos junguianos. Y estará allí a la espera de que el conflicto generado por la discordancia entre la esencia natural e histórica de cada individuo y el artificio generado empiece a manifestarse en forma de padecimiento psíquico. La impostura de una máscara creada “a la carta” que, además, necesariamente llevará al aislamiento de los individuos debido a la falta de una identidad compartida y de las redes sociales virtuales podrá llegar a producir, producirá, estados psicopatológicos de mayor o menor gravedad que solamente podrán ser “anestesiados” mediante el uso de psicofármacos avanzados. Esto puede llevar a la alienación de los individuos y por tanto de las sociedades.
La libertad “prometeica” implica el castigo de la materia, el encadenamiento a la roca de manera perpetúa.
Pero existe otro peligro aún mayor.
Cuando al individuo se le priva de su identidad y, por tanto, de su memoria filogenética, que incluye elementos simbólicos diacrónicos en cuanto a su permanencia durante siglos en un ámbito geográfico determinado, de su conexión con el inconsciente colectivo, y por tanto de su conexión con las instancias inconscientes de su psiquismo, ya sean más o menos próximas a la conciencia, existe el peligro de que estas acaben manifestándose, igual que la certeza de que “aquello que uno es” tarde o temprano se acabará rebelando porque el precio psíquico de la negación es mucho mayor que el de la integración.
Tanto los aspectos individuales “reales” que perviven en la Sombra y que simbolizan y significan a ese hombre o mujer particular que se ha configurado como “impostura”, como los aspectos más profundos del Sí Mismo o del Inconsciente colectivo pueden “erupcionar” de manera violenta reivindicándose de una forma colectiva y totalitaria, en forma de fascismo político y social, aniquilador de toda disidencia de esa verdad axiomática que reside en la naturaleza esencial de las cosas.
Pero esa verdad axiomática ya no era la primigenia. Siglos de civilizaciones y culturas han generado un hombre o mujer nuevos, alejados de ese primitivismo homogéneo, la evolución ha llevado a un grado de refinamiento y sofisticación cívica de una buena parte de la población humana. Hoy más que nunca existe un sector de la población del planeta que ha desarrollado un cierto grado de conciencia respecto al otro, a los otros, al medio ambiente, a la naturaleza. Entonces ¿por qué forzar la evolución natural? ¿Por qué llevar a los seres humanos hacia el aislamiento, la atomización, generada por la falta de identidad individual y colectiva producto de la artificialización prometeica?

La rebelión y el rechazo del otro, de los otros

Siguiendo con la tesis que defiendo, la posibilidad del malestar, ante la subyugación “prometeica”, puede hacer que esas instancias inconscientes, donde anida el ser esencial y la identidad colectiva, empiecen, debido al malestar psíquico, a proyectar su insatisfacción, su odio sobre los otros, llamémosles inmigrantes o refugiados de otras etnias y culturas, personas de orientación homosexual, mujeres u hombres de espíritu libre y esa rebelión contra el artificio social e individual impuesto se focalice en esos sectores sociales, aparentemente beneficiarios de esa nueva sociedad, aunque en realidad sólo sean el producto evolutivo de un humanismo ético y social, y de una cosmovisión trascendente, para algunos espiritual, como para el que estoy escribe, de la humanidad.

Prometeo liberado

Dice la leyenda que Heracles, hijo de Zeus, liberó a Prometeo disparando una flecha y matando al águila que cada día le devoraba el hígado, y que éste último sintiéndose orgulloso de la hazaña de su hijo permitió a Prometeo seguir en libertad con la única condición de llevar un anillo con un trozo de la roca a la que había permanecido atado.
Zeus, el dios supremo del Olimpo, el alquimicamente con mayor componente espiritual y menor material, permite salir del tormento y la tortura a aquel que osó robar el fuego a los dioses.

Siempre hay una posibilidad de volver a una posición humilde, tanto individual como colectivamente, y reconocer aquello que de natural existe: dos sexos, con muy minoritarias excepciones, una mayoritaria orientación heterosexual y diferentes orientaciones sexuales más minoritarias establecidas, todas ellas, de forma innata o en edades muy tempranas, una diferencia física y bioquímica en los cerebros y los cuerpos de los hombres y las mujeres, así como identidades culturales y espirituales colectivas claramente diferenciadas que pueden llegar a entenderse y confluir armónicamente.
En ningún caso estas diferencias pueden ser consideradas desiguales en cuanto a rango, son solo eso, diferencias.
Destruir todo ello para llegar a crear, artificialmente, un prototipo de ser humano único a nivel universal significa desplazar toda esa realidad a instancias psíquicas del inconsciente, con el peligro, antes mencionado de que lleguen a rebelarse de forma violenta.

El otro

El “otro”, -en caso de que permanezcamos como seres integrados en una determinada cultura, en una tradición, abierta pero tradición, en un sexo y en una orientación sexual estable, sea esta mayoritaria o minoritaria-, nos despertará la curiosidad, incluso el afecto que despierta para los espíritus evolucionados el descubrimiento del misterio que anida en las diferentes identidades individuales y colectivas de la humanidad.
Obligados, como empezamos a estar, a asumir el engendro prometeico y la dictadura ideológica que lo sustenta, podemos acabar proyectando en “el otro”, en “los otros”, el odio que puede acabar anidando en las instancias del inconsciente, al vernos desprovistos de todo arraigo, de todo vínculo, de toda esencia.
El relativismo, el prometeísmo, son la puerta de entrada del fascismo.
La tradición, las verdades axiomáticas de la humanidad, y la defensa de una identidad individual y colectivas estables, son la garantía del respeto a uno mismo, y por extensión, al otro.
La democracia, el humanismo y el respeto a una evolución respetuosa, tranquila y sosegada de las diferentes culturas son la garantía del equilibrio consciente-inconsciente, y por tanto del equilibrio interno y de la paz externa.

La ingeniería social, lo que he dado en llamar el prometeismo, producto del titanismo humano será tarde o temprano vencida, metafóricamente, por los dioses.
Esperemos que estos últimos no tarden demasiado en empezar a combatirla.

 

Damián Ruiz