Puedo entender que el conjunto de la población se sensibilice ante el horror de los atentados que están sucediendo en Europa, puedo comprender que haya un intento de armonización con los musulmanes de paz que viven en nuestro continente.

Pero me cuesta comprender que el análisis de tantos especialistas sobre las causas que llevan a jóvenes, aparentemente normales, a cometer estas barbaries sea, en algunos casos, tan superficial.

Los más progresistas creen que de no haber intervenciones bélicas occidentales en determinados países árabes o de no vender armas a estados que fomentan el terrorismo o bien de hacer políticas de integración social, de igualdad de oportunidades y de freno del racismo social latente todo esto se podría llegar a evitar. Y en parte esto también es cierto.

Pero en lo que no incursionan, hasta donde no llegan es a entender que la psique de las diferentes culturas que pueblan el planeta tienen raíces y vínculos diferentes con la realidad material objetiva.

El judeocristianismo occidental lleva décadas siendo depurado desde una perspectiva religiosa, costumbrista e incluso espiritual. Tal es así que solo nos quedan las estructuras de una cultura que ya es, cada vez más, solo un legado que un referente influyente en la actualidad.

Por ello para el islam más esencialista, poco permeable a los estímulos triviales de la sociedad contemporánea, nuestro territorio es terreno abonado puesto que el desarrollo de su identidad no es compatible con un mundo externo lleno de banalidades de una y otra índole y de distracciones efímeras, y en cambio es tan aparentemente endeble a lo que se enfrentan que existe la necesidad de liquidarlo para poder construir una realidad mucho más cercana a sus intensas y profundas creencias.

El cristiano actual puede vivir en un espacio físico-psíquico radicalmente descristianizado, podríamos decir que se ha acostumbrado a hacerlo en una sociedad cada vez más contraria a sus propios valores, incluso a que una parte de esa sociedad los ataque directamente. Pero un sector de los musulmanes ni está acostumbrado, ni lo acepta, ni mucho menos va a pasar en una generación a vivir un islam interiorizado y discreto en un medio que consideran completamente alejado de sus esencias y creencias más profundas.

Se cree en la posibilidad de “domesticar” al islam como se domesticó al cristianismo, pero la diferencia es que con este último se necesitaron décadas por no decir siglos mientras que el primero está todavía en fase joven e incipiente.

Por tanto preveo que hay más posibilidades, -a través de la expansión de un islam pacífico en Europa y también de otro más violento y combativo-, que se despierte un nuevo fervor cristiano vinculado más a la identidad que a la religión, escondido en las profundidades de la psique colectiva, que ambos acepten convivir de modo pacífico con la necesaria introversión individual y colectiva que ello conllevaría.

La cuestión es que para ese tipo de sociedad utópica anhelada con la que algunos sueñan, y que probablemente sería un vergel de armonía en la diversidad, lo digo sin ningún tipo de cinismo, quedan siglos de evolución humana, siglos de predominio del córtex sobre el límbico, de la razón sobre la emoción.

Muchos analistas e intelectuales no disciernen sus deseos de la realidad, de ahí que cometan tantos errores de perspectiva y sean incapaces de pensar en un futuro que ya está aquí y que nada tiene que ver con su estrategia de ingeniería social basada en la supremacía del logos.

El mundo sigue siendo, fundamentalmente límbico, irracional, mágico y emocional, creer que la pedagogía y la ingeniería social van a transformar esa realidad a través de leyes y escuelas es como mínimo tan mágico como las ideas que pretenden transformar.

Damián Ruiz

Psicólogo (COPC) y Analista junguiano (IAAP)

Barcelona