El desarrollo de la tecnología, el afán de distracción y diversión así como la dictadura del relativismo ideológico relegan a los jóvenes europeos al desarrollo de la tontería como estilo de vida y funcionamiento.

La tontería es un método de comunicación que se basa en estar siempre en estado positivo, bromear, no despegarse del móvil, tolerarlo todo, comunicarse de manera fluida y continua, desprenderse de cualquier identidad y acoger toda novedad con entusiasmo y curiosidad.

Tal abrumadora amalgama de estupidez, que la pedagogía progresista en alianza con el capitalismo especulativo más salvaje se encarga de inocular en el cerebro de los púberes, se acaba convirtiendo, con el tiempo en un estado de desubicación permanente, de falta de límites, de estructura psíquica y por supuesto de sentimiento de pertenencia.

Es evidente que las clases pudientes no educan a sus hijos de esta manera tan mema, lo hacen, como debe ser, en la adquisición del conocimiento, en la disciplina y en el deporte. Todo lo demás son papanatismos propios de la insufrible, y cada vez más pedante, clase media occidental.

Los hijos de las familias “bien” están destinados, sin duda, a ser los jefes de los laxos “middle class” que con sus carreras y máster serán los encargados de vagar perdidos en un mundo de construcciones endebles e insatisfacción permanente.

Los europeos, de cuya historia nos vamos escapando a hurtadillas, -el masoquismo y la culpa forman parte de la neurosis colectiva-, hemos concebido como nuestra más alta misión, para esta época de la historia, la de autodestruirnos. Somos, por voluntad propia, los elegidos para convertirnos en una sociedad multicultural y laica, eufemismo que en realidad significa acabar con la tradición cristiano-pagana para dejar vía libre a otras tradiciones que vienen con mucha fuerza y empuje, eso sí con toda la legión de lelos de la ingeniería social adoctrinando en las bondades de la convivencia (como si la fuerza del inconsciente colectivo y los arquetipos propios de cada cultura no estuvieran anclados en las profundidades del inconsciente dispuestos a activarse en el momento más oportuno).

De ahí que los jóvenes de este continente deban ser los primeros en el planeta y en la historia que estén obligados a renunciar a su identidad, quedando a disposición del mercado, cercanos a la soledad de los vínculos instrumentales y atrapados en la tiranía de la imposición de pensamiento generada por los ideólogos de la modernidad.

Por eso tantos jóvenes enferman psíquicamente. Las familias se disuelven por un estornudo, eso sí justificado bajo cualquier excusa racionalmente coherente, las naciones empiezan a ser destruidas, las comunidades apenas existen y si lo son muchas veces solo son un mero espejismo que se desvanece en cuanto alguien decae.

Y no hay épica porque está prohibida, solo puedes pensar en modo tolerancia y cuidar de tu cuerpo, procurando que el culo esté tan brillante como la cara. Somos las cobayas de la historia, la probeta de un futuro hombre nuevo, un engendro tecnificado y aséptico, de género indefinido.

Lo fácil es culpar a los otros, a las otras culturas que luchan por su dignidad, para que no arrasen sus tierras y sus gentes en pos de interés crematístico, por preservar sus tradiciones. Pero ellos no son los culpables. Somos nosotros los que hemos abandonado nuestras tierras y nuestra identidad.

El hedonismo pueril, la trivialidad, el consumo compulsivo, el relativismo ideológico y todo lo que ello conlleva. Ahí es donde está la carcoma que debilita nuestras vidas, ahí está el origen del más que estúpido “homo festivus”*.

Nada que no se pueda cambiar.

Damián Ruiz

Analista junguiano (IAAP)

Psicólogo (COPC)

Barcelona

*Concepto creado por Philippe Muray, ensayista francés (1945-2006)