Hace tiempo tenía un blog personal al que llamé “Otra visión”, escribí algunos artículos sobre diferentes temas, sociales y políticos especialmente, pero como tengo tendencia a decir lo que pienso y no suele estar muy en línea con el pensamiento contemporáneo en voga decidí dejarlo, especialmente porque supuestamente un psicólogo (y analista junguiano) en la actualidad tiene que opinar como un manual de corrección política y especialmente en positivo, como todos esos libros que fomentan el egotismo, el estar todo el día mirándose el ombligo y que, de seguirlos, lo único a lo que se accede es a la soledad y a cierto nivel de fracaso.

Aunque de lo que más alejado estoy es de la consideración organicista de la mente y, aún más, de la posibilidad de que una persona pueda llegar a ser cualquier cosa que pretenda (sino está en armonía con su arquetipo esencial), pero aún más de la disección cuerpo-mente en el tratamiento de los trastornos físicos o psíquicos,…y todavía más de los que creen en la cronicidad de dichos trastornos.

Por supuesto que allí donde llegue la ciencia no es necesario “pensar” nada nuevo, si algo funciona para qué generar una nueva perspectiva, no es necesario utilizar la lógica para inferir un nueva posibilidad de tratamiento, pero por qué conformarse con los límites de aquello que no es eficaz.

Lo cual no significa que sirva todo. 

Pensar, a lo largo de la historia, ha sido una forma de llegar a deducciones adecuadas para dar con la solución a determinados problemas. Es verdad que hoy se generan razonamientos que, de repente, se saltan la mínima lógica y que, tienes que entrar en el mundo de lo etéreo o desconocido, casi de la fe, para poder aceptarlos, de ahí que se insista tanto en el peso de “lo científico”.

Pero entre la ciencia experimental y lo atrabiliario, lo irracional o lo esotérico, está “la razón”. Y es esta “razón” la que defiendo porque es a través de ella y de una construcción reconocible derivada del pensamiento como se puede llegar a la innovación, sino todo estaría condenado a ser generado dentro del ámbito del laboratorio, sea cual sea su dimensión, y eso limitaría las posibilidades de desarrollo terapéutico.

La razón me llevó a pensar en el trastorno obsesivo de un modo diferente, y de ahí obtuve un nuevo enfoque que está obteniendo resultado eficaces en muchos casos, -algunos crónicos y con años de tratamiento previo sin que apenas hubiera mejoras-, y evidentemente sigue en vías de perfeccionamiento hasta que consigamos pulir y encontrar las variables que más inciden en la mejora o curación de una persona.

Pero no solamente eso, ¿qué ocurre cuando alguien te plantea un problema, un trastorno a veces grave y te dice que lleva años en terapia y no ha cambiado nada? Muchos psicólogos, psiquiatras y médicos en general nos encontramos con esta realidad, en mi caso con bastante frecuencia. Y ¿qué hago? ¿Aplico el sentido común, el filtro de la corriente psicológica en la que me he formado,…?

No, primero escucho, escucho muy atentamente, sin ningún tipo de juicio previo, sin etiqueta. A veces hay un exceso de ansia por diagnosticar, por colgar un nombre, por vincular el problema a algo ya establecido, y en principio, ante la falta de experiencia (jóvenes terapeutas) esto es lo más correcto, pero a veces te das cuenta de algo que se ha pasado por alto, y es que el propio paciente en su discurso, y en ocasiones de modo inconsciente, te puede dar las claves de la posible solución.

Después uno tiene que enfrentarse a algo, aparentemente desconocido, y es la asepsia de los tiempos actuales lo que pone la primera barrera mental. -¿Aséptico? Un cirujano sí, un psicólogo ¿puede ser aséptico? Es imposible, hay una comunicación no verbal, primeras impresiones, transferencia y contratransferencia, afinidad, cercanía, distancia,…uno se profesionaliza pero lo humano, lo esencialmente humano está presente-. Y el sufrimiento, el paciente sufre y llega a ti para que le liberes de ello, no para comprenderlo, no para manejarlo, no para convertirse en enciclopedia de sí mismo (si eso no conlleva finalmente dicha liberación), no para instruirle ni adiestrarle, quiere que le saques del sufrimiento psíquico y en su caso de los síntomas que lo acompañan.

Y entonces te encuentras con una persona que está ante ti, otro ser humano, no solo con un cerebro sino en toda su dimensión, psíquica y física, emocional y espiritual, con toda la bioquímica de su organismo activa, y piensas en todos los enfoques, en todas las formas y fórmulas con las que se ha procurado, a lo largo de la historia, “sacar” a una persona del padecimiento, desde Elea, incubación y contacto con “los muertos y los sueños”, pasando por el chamanismo siberiano, los procedimientos de ciertas tribus ancestrales de África, los métodos de disciplina estricta casi militar, la hipnosis, las experiencias de trance, las diferentes ramas del psicoanálisis, la farmacología, la bioenergética, el conductismo o el cognitivismo…

Ante todo ello, toda esa información disponible, toda esa cultura terapéutica, esas diferentes visiones del hombre, me niego a aceptar solo lo contemporáneo como válido, ¿por qué habría de hacerlo si el sufrimiento psíquico permanece e incluso aumenta a pesar de los avances farmacológicos (necesarios por supuesto) y de las supuestas innovaciones académicas y experimentales de la psicología? ¿Por qué solo lo nuevo puede ser válido?

La humanidad, en todas sus épocas y culturas, ha generado mecanismo para aliviar o curar el dolor psíquico, no estamos mucho mejor que antes, más allá de que vivamos muchos más años, por eso es necesaria no ya otra visión sino la amplificación de la misma, de la propia conciencia y de la razón para alcanzar a dar en cada momento y situación, con cada paciente, con lo más adecuado para ayudarle, liberarle si es posible.

Por eso es imprescindible, además de los conocimientos propios en la materia, una dimensión humanista que permita ver más allá de lo que, aparentemente, se nos representa bajo los filtros y códigos del presente.

Damián Ruiz

Psicólogo (COPC) y Analista junguiano (IAAP)

Barcelona

Junio, 2018