Sobre el suicidio

Un millón de personas, según la OMS, se suicidan cada año en el mundo y diez millones lo intentan.

Hay diferentes teorías sobre el porqué del suicidio, desde las sociológicas como la de Durkheim que consideraría que es la sociedad la que se suicida a través de sus individuos, las cognitivas que atribuyen factores sociales o individuales presentes en la vida de la persona y la interpretación que esta hace de ellos, las psicoanalíticas que pasan por la idea fundamental de pulsión de muerte,  un aspecto inconsciente, que reside en cada uno de nosotros en mayor o menor medida y que puede llegar a manifestarse en forma de autoagresión directa y la visión de Carl G. Jung que consideraría el suicidio como la destrucción de la armonía entre consciente e inconsciente derivada de impulsos agresivos reprimidos.

Si la neurosis según el analista suizo derivaría del conflicto entre el arquetipo esencial de la persona por una parte y la construcción de un identidad yoica, -una personalidad, una persona, una máscara en definitiva-, la psicosis se produciría en el momento de la escisión entre ambas.

Pero ¿qué ocurre si las circunstancias nos impiden el desarrollo de esos aspectos arquetípicos que, en el fondo, podríamos considerar una metáfora del resultado de combinar nuestro ADN en relación con el ambiente?

¿Cómo desarrollar aquello que somos en esencia si se producen privaciones afectivas, por penurias económicas,  por modelo cultural, por falta libertad individual, o si nos vemos impelidos a la supervivencia por adaptación, ya sea por dichas necesidades o por crecer en un ámbito familiar o socialmente asfixiante, o por haber sufrido circunstancias traumáticas en algún periodo de nuestra vida, especialmente en la infancia o la adolescencia?

Aquí no es necesario que arquetipo y construcción yoica entren en conflicto porque uno no ha podido mínimamente desarrollar aquello que hubiera podido ser.

¿Quién es ese individuo que solamente “es” en tanto que sujeto adaptado? ¿Cuál es su identidad?

Porque si son las circunstancias (en términos de la teoría cognitiva), un divorcio, un despido, la soledad, el dolor psíquico o físico las que dirigen al acto suicida, la cuestión sería ¿una adecuada “arquetipación” hubiera contenido ese impulso?, incluso ¿se habría llegado a tales circunstancias desfavorables?

 

Lacan, el psicoanalista francés, consideraba que a un paciente con impulsos suicidas en determinadas ocasiones  sólo quedaba la posibilidad de acompañarle en ese camino.

Algo con lo que no estoy, claramente, de acuerdo.

La naturaleza arquetípica de un individuo, aquella que le es esencial, más allá de aquellos roles, cercanos también a su ser más profundo, por los que puede ir pasando a lo largo de la vida, late con fuerza aún en los momentos más frágiles de su existencia. Incluso cercado por la enfermedad o por circunstancias hostiles el ser reconoce, se reconoce, en aquello que fundamentalmente es, y quizás sólo requiera de la capacidad y la habilidad de poder liberarlo, probablemente, por parte de un terapeuta.

Cuando la verdad, su verdad, es expresada por él mismo o por otro con absoluta empatía y devoción, con radical respeto para lo que se vislumbra ahogado en un Yo construido en falso o en unas circunstancias tan, aparentemente, amables como, íntimamente, aborrecibles, en ese momento, un hálito de vida se asoma, un momento de esperanza, y es necesario saber captarlo a tiempo y darle la dimensión que requiere.

Recuerdo en una ocasión hace muchos años, en mi juventud, estaba de excursión con un amigo y se iba haciendo de noche, no podíamos regresar, ahora no recuerdo bien porqué. Nos encontramos con un hombre en el camino al que preguntamos si conocía algún lugar cercano para quedarnos a dormir. Nos dijo que había a escasos dos kilómetros un hostal pero que el dueño se había suicidado la noche anterior, dejando esposa, dos hijas, un negocio que funcionaba y un trabajo de directivo en una empresa, a lo que añadió, “se le veía muy feliz, le iba todo muy bien, no sé qué habrá pasado por su cabeza”.

Una de las posibles explicaciones podría ser el hecho de haberse construido, con intensidad y perseverancia, una “cárcel de oro”, algo en lo que las clases medias occidentales están altamente especializadas.

Ante la posibilidad de suicidio es posible ayudar a la persona a encontrarse o, como escribía antes, a reconocerse. No se trata de un acto heroico ni salvífico por parte del terapeuta o de quien quiera acompañarla. Se trata de que ambos tengan la libertad y la valentía de poner palabras a lo que se vislumbra, a lo que acontece en el interior del ser, sin prejuicios de ningún tipo, sin valoraciones, simplemente dejando que aparezca la auténtica vida que, aún en el más dolido de los hombres, sigue latiendo.

 

Damián Ruiz

Barcelona, 25 de Septiembre, 2023

www.damianruiz.eu

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