Damián Ruiz
Prólogo de introducción al Seminario-Conferencia impartido el 27 de Febrero en el ISCREB de Barcelona por Damián Ruiz, psicólogo general sanitario (COPC) y analista junguiano (miembro del Instituto Jung de Barcelona y de la IAAP)
Imaginemos que una persona comienza a toser.
La tos puede ser leve y pasajera, como ocurre en un resfriado común. Puede tratarse de una tos seca, irritativa, consecuencia de alergias o de contaminación ambiental. Puede ser productiva, acompañada de mucosidad, indicativa de infección respiratoria. Puede ser persistente y crónica, como en el asma o en la enfermedad pulmonar obstructiva crónica. Puede anunciar una neumonía incipiente. Puede ser síntoma de reflujo gastroesofágico. En casos más graves, puede ser el primer signo de una tuberculosis o incluso de un cáncer pulmonar.
En todos estos casos, la tos no es la enfermedad. Es el síntoma.
Es la manifestación visible de un proceso orgánico subyacente. El médico responsable no se limita a suprimirla sin más. Interroga su origen, investiga su causa, explora el contexto clínico. La tos es una señal. El objetivo no es silenciar la señal, sino comprender qué la produce.
Ahora imaginemos un escenario diferente.
Supongamos que las instituciones médicas, las organizaciones políticas y el sistema sanitario decidieran invertir todos sus recursos exclusivamente en hacer desaparecer la tos. Se desarrollan potentes antitusígenos. Se elaboran protocolos eficaces para reducir el reflejo tusígeno. Se publican estudios que demuestran la disminución estadística de episodios de tos en la población.
Algunos profesionales logran que la tos desaparezca en la mayoría de los pacientes, independientemente de su origen. Se genera un movimiento de apoyo académico, institucional y económico en torno a quienes “han curado la tos”.
Pero el problema pulmonar, infeccioso o inflamatorio que estaba en la base permanece intacto.
Algunos pacientes desarrollarán complicaciones posteriores. Otros aprenderán a convivir con la causa subyacente mientras la tos esté controlada. La estadística mostrará éxito sintomático. Sin embargo, la raíz del problema no habrá sido abordada.
Este escenario, que resultaría inaceptable en medicina, es sorprendentemente familiar en el campo del trastorno obsesivo-compulsivo.
El TOC es un síntoma. Más allá de una posible predisposición genética, suele emerger en el contexto de circunstancias traumáticas, estresantes o desorganizadoras, puntuales o prolongadas, con frecuencia en la infancia o en la adolescencia. Las obsesiones y compulsiones constituyen la manifestación visible —la punta del iceberg— de una organización psíquica que ha quedado estructurada en torno al miedo, la inseguridad y la necesidad de control.
El síntoma obsesivo no es el problema esencial. Es la expresión de un conflicto más profundo.
Sin embargo, lo que se encuentra ampliamente validado en la actualidad es la reducción del síntoma: eliminar la “tos” o aprender a manejarla de la manera más funcional posible. Lo que con frecuencia queda en segundo plano es la pregunta que en medicina sería obligatoria: ¿qué está produciendo esa tos? ¿Qué proceso subyacente está generando el síntoma?
En el ámbito psicológico, la cuestión equivalente sería: ¿qué estructura psíquica, qué experiencias tempranas, qué configuraciones relacionales y simbólicas han dado lugar a la aparición de obsesiones y compulsiones?
Resulta llamativo que aquello que jamás se permitiría en medicina —ignorar la causa orgánica de un síntoma y limitarse a suprimirlo— pueda considerarse suficiente en psicología.
La tos no es la enfermedad.
El TOC no es la raíz del conflicto.
En ambos casos, el síntoma señala algo que exige ser comprendido. Silenciarlo puede ofrecer alivio inmediato. Pero comprenderlo puede transformar la estructura que lo produce.

