Castillbanco en Extremadura Artículo Consulta psicologica Damián Ruiz en Barcelona

Castilblanco/Berlín

Damián Ruiz

El lunes 3 de agosto me llamaban por la mañana para decirme que mi padre, – de ochenta y ocho años, y residente en Castilblanco, el pueblo extremeño de la provincia de Badajoz en el que había nacido-, había fallecido. Llevaba tiempo con un alzheimer relativamente liviano que le permitía tener conversaciones amables sobre el pasado y reconocer a sus paisanos, en cambio la memoria a corto plazo había dejado hacía tiempo de existir. Murió durmiendo, fue una muerte dulce.

La marcha de un padre, -mi madre falleció hace casi treinta años-, deja muchas reflexiones. Soy alguien que concibe la vida y la muerte como un continuum y entiendo que llegada la ancianidad lo mejor es irse de una forma suave, acogedora y traspasar de un modo liviano a esa otra dimensión en la que los creyentes encontramos nuestro alivio, aunque quizás sea sólo una fantasía que nos aleja de cierto vacío.
Nunca fue, la nuestra, una relación fácil aunque sí leal.
Cuando se va un ser querido, en aquellos cercanos que lo conocieron empieza una reconstrucción en la memoria.
Creo que cálido, pero más racional que emocional, trato de formular una idea cercana de quien fue mi padre, sus luces, sus sombras, como todos, y entenderle a un nivel más profundo de lo que lo hicimos, mutuamente, en vida.

El funeral estuvo cargado de emoción. El pueblo creó un ambiente cálido, entrañable, respetuoso, hubo ritual y cánticos religiosos y, de algún modo, entendí que se fue honorado, algo que debería ocurrir siempre, pues la vida no es fácil y batallarla es tarea ardua.
La tradición son las raíces en las que nos sustentamos para elevarnos en todos los aspectos, matarla, como algunos pretenden, es una forma de dejar a las personas desprovistas de asidero. Luego cada uno decide en qué modo la vive y qué tiempo le concede.
Mi visión abierta de la existencia la convierte en la tierra sobre la que sostenerme pero mis intereses, reconozco, son otros.

Dos semanas después, mi esposa y yo nos fuimos a Berlín, un viaje ya programado hacía tiempo. Fue una inmersión completa en arte contemporáneo, -ocho exposiciones-, que se ha convertido junto con la psicología en el tema al que más tiempo dedico, no sólo en procesos creativos sino en lecturas, documentales o visita a exposiciones.
Berlín, la capital, por edad media de sus habitantes, más jóven de Europa, es un hervidero de innovación, creatividad, radicalidad conceptual y cultura vanguardista. Tranvías, metros, largos paseos para desplazarnos por los diferentes museos, galerías, fábricas, que albergan todo tipo de obras, desde aquellas que te sorprenden hasta aquellas que piensas que sólo un curador muy narcisista puede decidir exponerla. Aún así el proceso de apertura mental, de disrupción que supone todo ese recorrido, sirve para entender como dijo Kandinsky que “el arte va más allá de su tiempo y lleva parte del futuro”.
Hasta la obra más aparente estúpida trato de observarla con atención pues, quizás, aquello que no puedo reconocer lo hace mi inconsciente a otro nivel.

Tengo una visión esteticista de la vida pero el arte hoy es, sobre todo, conceptual, y crear una obra “bonita” es casi un pecado contemporáneo. De hecho, como lo sea, bella, debe estar bien justificada porque la posibilidad de descartarla por expertos y público es bastante alta.

Vivir con intensidad, y amor, ambas experiencias, Castilblanco y Berlín, es una forma de estar presente en la vida, reconociendo la importancia tanto de la tradición como de la modernidad, y me lleva a considerar un gran error hacerlas incompatibles y pretender acabar con una o con otra, pues ambas se retroalimentan.

Un árbol para que dé frutos o flores debe tener buenas raíces.

 

Damián Ruiz

Barcelona, Agosto, 2026

www.damianruiz.eu

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