Psicólogo y Analista junguiano en Barcelona y online.

15 junio, 2021

Benedicto XVI, la trascendencia y…

Damián Ruiz

En el artículo anterior escribía erróneamente “entronización de un monarca”, cuando en relación a reyes deberíamos hablar de “coronación” porque los que se entronizan son los Papas. Dicho esto paso al tema de este escrito.

Siempre he tenido interés por las figuras de los hombres que acaban siendo Obispos de Roma, líderes de la cristiandad, y suelo leer sobre ellos y de ellos, también de los candidatos que aparecen con más fuerza en el momento de elegir a un nuevo pontífice.

Tengo un profundo respeto por cada uno de estos hombres pero, como humano, siento preferencias. De los tres últimos, que son de los que más conocimiento, aunque escaso, pueda tener, el primero Juan Pablo II, adoptó una posición de misionero y, en sus últimos años, de abnegado sacrificio. Sumido en el dolor de su propio cuerpo, del atentado fallido y de la vejez quiso emular a Cristo. Temo, y lo digo con la máxima humildad, que no alcanzó el don de la Fe a pesar de perseverar, de manera terrible y dramática en ello. Siempre percibí una excesiva racionalidad que le impedía la disolución necesaria para alcanzar la experiencia mística.
El Papa Francisco, sin duda un hombre bueno, se mueve por la compasión cristiana y el sentimiento de protección hacia los más frágiles y desvalidos, pero la Iglesia cae, así como cae Occidente, y la ingeniería social se encumbra poderosa como la nueva verdad ante la que, más pronto que tarde, deberemos someternos.

Benedicto XVI es para mí el gran Papa de los últimos siglos. El hombre de Fe profunda, el que entiende el cristianismo como la enervación del espíritu que eleva al hombre por encima de la materia y lo vincula a la trascendencia.
De una extraordinaria inteligencia, de profundísimos conocimientos teológicos, sencillo de corazón pero con carácter, lógico y realista, se retira a un lado porque “no puede”.
No tiene la fuerza para hacer frente a todos los casos de pederastia con los que se enfrenta la Iglesia pero, por encima de todo, sabe que, en estos tiempos, la batalla está perdida. Entiende que la mejor opción es una retirada, él no puede pactar con el “diablo”, no puede renunciar a las verdades axiomáticas que acompañan la doctrina católica desde su fundación. La Iglesia puede ser compasiva, indulgente, tolerante, acogedora, pero no puede integrar aquello que representa una ruptura de sus estratos más profundos.

La Iglesia de Europa está moribunda, cada año se cierran cientos de ellas, en Francia se queman (en los dos últimos años casi dos mil templos han sufrido algún tipo de atentado), se convierten en lugares de ocio…el cristianismo se derrumba.

Las misas del sur del continente son insufribles, llenas de cancioncillas lamentables, sermones lastimeros, flojera, debilidad, hastío… Uno puede asistir a una celebración en Viena y sentir algo que despierte la fuerza de la fe…aún así…

Benedicto es un Papa exquisito, de una vasta cultura, de un conocimiento elevado de las posibilidades de la materia divina del hombre, pero ¿qué puede hacer en estos tiempos? Nada.
Vivimos en la época de la trivialidad, del narcisismo, de la histeria, de la reivindicación egotista y del postureo de la solidaridad. La época de los derechos en la que abunda la soledad y la crispación, el vacío, la desorientación y la ruptura de vínculos.

¿Qué puede hacer un hombre reservado y viejo por muy sabio que sea?
¿Quién le va a escuchar?
Sabe que Occidente tendrá que “morir” para resurgir de sus cenizas, él se aparta, probablemente se vincula con Dios desde el silencio y la oración

Pero mi defensa de un hombre que se vincula con la trascendencia, con la idea de una existencia más allá de los límites de la materia, que entronca con “el espíritu” desde la fortaleza del alma y no sólo desde la condescendencia o la compasión, viene dada por un profundo convencimiento de la posibilidad de la vida plena, y no porque yo me considere un puritano, nada más lejos de mi posición vital, sino porque creo en las existencias arraigadas, arquetipadas, atrevidas, aquellas en las que uno está dispuesto a darse, a la entrega servil a su esencia y a la propia transformación evolutiva de su vida.
Algún lector podrá concebir como contradictoria la apuesta por una vida donde las pulsiones dionisíacas, los instintos y los deseos, vivan bajo las estructuras de un orden conservador. Es que en ese encuentro, en esos límites, en esa lucha soterrada es donde aparece el arte en todas sus dimensiones, así como el amor pleno y es también en esos límites donde el ser humano sublima y construye.

La sociedad actual, lamentablemente histérica, floja, demandante, egotista, reivindicativa, ajardinada… no permite la existencia de nada mínimamente “bello” ya sea en su forma o en su esencia. Todo se pierde en el desagüe de la mediocridad y el igualitarismo frenético, signo de impotencia, aplaca todo el genio que encierra la vida de los hombres.

Un Papa fuerte, firme, inflexible en el fondo es lo que impulsa la creación humana aún por contraposición, por canalización de las fuerzas inferiores que no tienen más remedio que, de algún modo, aproximarse a la divinidad para hacerse obra.

Coincidió su elección, de forma fortuita, con una visita en Roma, comíamos en una pizzería y en el momento que se hizo fumata blanca, alguien puso una televisión o una radio y un alemán, de forma espontánea, al enterarse de la noticia, se levantó, alzó su jarra de cerveza y gritó en italiano: “¡Viva il Papa Benedetto XVI!, y todas las mesas, al unísono, nos levantamos con un ¡Viva! fuerte y sonoro.

El mismo Viva que diría ahora, con más fuerza quizás.
Son tiempos flojos, Europa no está para nada, más que para ser un resort turístico cultural, y sus habitantes para mirarse al espejo y recordar todos y cada uno de sus derechos.

Damián Ruiz
Barcelona, 14 de Junio, 2021
www.damianruiz.eu

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