El éxito y la cocaína

 

Damián Ruiz

 

Entiendo que vivimos en un mundo altamente competitivo en el que muchas personas persiguen y ambicionan el éxito económico, profesional y social, ya sea para conservarlo, alcanzarlo o superarlo. Todo ello es perfectamente legítimo, no seré yo quien censure la pulsión de cada uno para perseguir sus sueños.

En cambio si todo ello se hace a costa del equilibrio mental y físico lo conseguido no es más que una mascarada, una falsa apariencia que tarde o temprano empezará a destruirse dejando a su protagonista completamente desvalido ante la realidad.

Porque ¿quién ha alcanzado sus metas, la persona o el adicto?

El infierno es el estado mental propio de aquellos que venden su alma al diablo. Es decir, se entregan, metafóricamente hablando, a él para que les recompense con una imagen mundanal de éxito. Triste realidad.

¡Cuántos juguetes rotos alcanzan la gloria para, simplemente, iniciar una caída progresiva cuando ya no se puedan sostener más!

Existe el derecho al deseo, incluso al deseo en su dimensión más elevada, pero la persona debe aguantarse sobre ella misma, sobre su disciplina, sus principios, sus valores, su tradición cultural, incluso sobre una visión superior de la existencia, y desde allí luchar para alcanzarlo.

No es necesario llevar una vida mojigata, ni desprenderse del ego, -somos occidentales-, ni aplanar las emociones. Se trata de tener el coraje de buscar el éxito a través de las propias aptitudes y cualidades.

Todo lo que no sea eso supondrá una especie de vuelo de Ícaro, subir alto para caer en picado.

Si a ello le añadimos una gestión racional de la vida podemos disfrutarla y prosperar sin desequilibrios.

Tenemos grandes ejemplos de personas de éxito alejadas de las drogas y de todo tipo de histrionismo, y otros que no saben gestionar ni el primer escalón de ascenso.

En la gran empresa, en el espectáculo, en la música, en el deporte, en todos los ámbitos,…personas serenas y altamente eficaces, con una enorme habilidad para manejar su vida y otras que cada pequeño movimiento les llevan a un mayor desequilibrio y al consumo de cocaína.

El éxito requiere de templanza, perseverancia y racionalidad.

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