Psicólogo y Analista junguiano en Barcelona y online.

25 mayo, 2022

Tom Cruise, la resiliencia y la norma

Tom Cruise es uno de los últimos actores, estrellas de Hollywood, que plantea el cine como espectáculo. Sus películas pueden ser más o menos comerciales, Top Gun, Collateral, Misión imposible 1, 2,… pero hay algo que siempre te garantiza: te sumerge de lleno en ellas y la calidad, como mínimo, es notable.

Dicho esto, no creo que haya actor que haya sido más atacado por los medios de comunicación, por las redes sociales, han hecho biografías demoledoras sobre él. En resumen lo que se cuestiona es su orientación sexual, apuntando a una posible y clara homosexualidad, a su pertenencia a la Cienciología, para algunos una religión más de las tantas que hay en USA, para otros una secta peligrosa, los posibles contratos de matrimonio con actrices secundarias que se han acabado encumbrando, su mal carácter, maniático y tiránico en los rodajes debido a un afán de perfeccionismo y exigencia, suma y sigue.
Y, probablemente, todo eso sea cierto. O no, pero las informaciones abundan en ese sentido.

La cuestión es que a Tom Cruise, más allá de lo que le pueda afectar personalmente, para lo que debe haberse entrenado de forma considerable, es decir para curtirse en estas batallas, no le ha movido un ápice de su objetivo
Él, más que nadie, representa la resiliencia, esa capacidad de sacar provecho y aprender de las circunstancias negativas y permanecer firme ante todo lo que se diga de él, sea o no cierto.

Porque ¿alguien cree que podría ser el actor que es, con esa proyección internacional, si todo eso fuera verdad y él lo dijera abiertamente? o ¿qué pasaría si eso le ocurriera a algún famoso jugador de fútbol?
¿Cual es el juego del gato y el ratón? ¿Destrozarle públicamente para satisfacción de quién?
¿De quienes odian su tenacidad, perseverancia, fortaleza, ambición, creatividad, determinación, valor, etc.? Él no vive en una mentira, en caso de que la haya creado es exclusivamente una pantalla para proteger aquello en lo que decidió convertirse:  uno de los grandes artistas del cine, en su acepción más clásica.

Si uno rebusca en biografías, siempre insisto en el tema, se dará cuenta que la mayoría de las personas, hombres y mujeres, que han hecho o producido actos u obras significativas a lo largo de la historia salen del pack:
pareja-casa-hijos-jardín-perro-piscina-barbacoa-partido televisión.

Suelen tener vidas complejas, sexualidades complejas, contradicciones, conflictos internos, arbitrariedades, amantes, dudas existenciales, riqueza o pobreza, alguna que otra adicción, enamoramientos compulsivos, y suma y sigue.
Y esto es así porque si ya estás bien con todo lo que te rodea, ¿para que te vas a poner a esculpir el David, a pintar El jardín de las delicias o a componer El anillo de los Nibelungos?
Te quedas en casita con tu pareja, comes lo que sea, laboras en lo que te haya tocado, tienes sexo cuando se de el caso y te ríes o te pegas con los amigos.

Pero mientras exista una cierta agitación anímica, necesidades creativas, anhelos personales, etc. y no hayan nacido para ser místicos, habrá quien se  cree un personaje del gusto de todos con la intención de enmascararse, como el pack antes citado, y seguirá adelante con lo que verdaderamente le interesa.

Deberíamos preguntarnos, cada uno de nosotros, si aprendemos mejor de los que se mueven en la rutina más absoluta y previsible o de aquellos valientes y resilientes que, aunque nos engañen para tranquilidad de nuestro espíritu, tienen el coraje de ser y hacer aquello que se han propuesto.

A mí siempre me ha gustado Tom Cruise, es complejo pero brillante, y de él emerge cierta luz cuando aparece en pantalla, y mucho más que todos esos actores concienciados que hacen gestos solidarios y discursan de forma pedagógica e infumable para luego ir a alguna fiesta a esnifar alguna que otra sustancia, algo de lo que estoy bastante seguro, por su tipo de personalidad, que Cruise no hace.

Los que no somos tan complejos y tenemos vidas  más sencillas, aunque no necesariamente simples,  deberíamos ser un poco más humildes al juzgar a otros, porque esos otros además de hacer lo que hacen para nuestro deleite tienen que convertirse en personas de aparente formalidad para no agitar nuestros esquemas.

Y ¿qué quieren que les diga? Prefiero a alguien que fuma puros, es depresivo, bebe champán para cenar, es glotón y contradictorio como Churchill que a alguien vegetariano y amante de los perros y  de dieta meticulosa, como Hitler.

Cuidado con los muy rectos y normativos, debajo de la alfombra pueden esconder cadáveres.

***

Y así podría acabar el artículo, pero vamos a darle una vuelta de tuerca.

Aparentemente las cosas nos gusta creerlas de esta forma pero resulta que, cuando frecuentamos a alguien, sea personalmente o a través de sus apariciones en el cine, en la televisión o en los medios de comunicación, empezamos a saber más de él o ella que los datos objetivos que tenemos, o incluso de la “persona” (la máscara en términos junguianos) que se nos presenta.
Y esos datos que capta nuestra psique, a través del lenguaje corporal, de la propia intuición u observación inconsciente, nos van ofreciendo una realidad más completa que la que nos da la razón.
Y es, a partir de ahí, que sentimos simpatía, indiferencia o antipatía por alguien.
Si simpatía es porque empatizamos, porque conectamos con algún aspecto, aunque no necesariamente lo compartamos.
Antipatía es porque representa algo que por alguna razón nos produce rechazo, o bien porque está en nosotros en forma latente y lo evitamos o bien porque eso que detectamos conecta con alguna circunstancia vivida o alguna persona que nos fue desagradable.

Si queremos tener algún dato más sobre quiénes somos, busquemos en aquellos personajes públicos que nos producen rechazo, tratemos de averiguar el porqué y encontraremos  algunas respuestas, muy interesantes, sobre nosotros.

Damián Ruiz
Perpignan, 24 de Mayo, 2022
www.damianruiz.eu

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